La memoria se niega a morir. Siempre hay un pretexto
para continuar la costumbre de contar historias.
Era la década de los sesenta.
Después de una tarde de mucho calor, cuando las hojas
de los árboles no se movían, porque no había ni pizca
de aire, nos preparábamos para ir a la Estación.
¿A quién íbamos a recibir o a despedir? ¡A nadie!
Sólo era un paseo para ver llegar el tren, lentamente,
pitando.
Veíamos descender a algún pasajero que venía de
Guadalajara cargando unos grandes birotes, en unas
bolsas de papel en las que salían las puntas de los
panes, para que no quedara duda del lugar en el que
había estado. Luego mirábamos con nostalgia a los que
se iban. En sus maletas de cartón o de piel curtida
con sal se llevaban los recuerdos.
Unos volvieron. Otros se quedaron en el Norte… O en
el Sur… O en cualquier otra ciudad de las que hay
muchas en el país.
Éramos unos jóvenes que empezábamos a cambiar con
asombro, como la fisonomía del paisaje que se veía
desde la ventanilla de un tren. Mi acuerdo que mi
madre y mi tía Lupe eran las que nos llevaban a esos
paseos en el caballo de don Fernando, ratitos a pie y
ratitos andando.
Iban mis hermanos Ramona, Héctor y Goyo. Pepe se
había ido a laborar a un taller mecánico a Tepic.
Había abandonado el trabajo de la tierra. Quería salir
de la pobreza en la que vivían los campesinos,
incluido mi papá Goyo.
Nos acompañaba "La Choco" (Socorro Campos Briceño),
mi prima Gloria González y otras muchachas. Todas muy
arregladas. Decentitas, con la falda a la rodilla. Ni
riesgo que entraran a la moda de la minifalda.
El jefe de estación era Arturo Ceceña, el mismo que
había participado en el movimiento ferrocarrilero de
la década de los 50, ecabezado por Demetrio Vallejo.
Arturo fue preso político y en el pueblo decían que
era comunista. Era un gran conversador. La gente lo
veía con reserva, pero a mí me gusta mucho platicar
con él.
Las muchachas que iban a la estación coqueteaban con
él. "La Choco" le pedía que le prestara el radio para
comunicarse con otras estaciones.
A mí me molestó que a mi pueblo le pusieran Estación
Morada. Si su nombre era Rosamorada, ¿por qué decirle
Morada? Pero como así se le conoce regionalmente, el
nombre cortado se quedó en el letrero que ya no
existe. La vieja estación está abandonada… "Es un nido
de alacranes" dice mi sobrina Meche.
Desde hace muchos años mis amigos y mis compañeros de
trabajo se quedan con cara de espanto cuando les digo
que soy de Rosamorada. Y algunos se ríen porque les
digo que por aquí pasa la carretera internacional.
Villa Morada. La Rosa Púrpura, ¡qué más da! Ahora si
me gusta el nombre de Morada, así se distingue de Rosa
Morada, el pueblo de Sinaloa de donde son los Tigres
del Norte.
Del Norte
El tren llegó del Norte, concretamente de Mazatlán, en
1909 a través de la compañía Sud Pacífico con capital
estadounidense. El trabajo fue tardado porque no
pudieron meter maquinaria para la construcción de las
vías. En unos carros arrastrados por mulas cargaban
las piedras.
Para hacer los durmientes cortaban los árboles por
donde iban pasando. En las inmediaciones de Rosamorada
la madera fue traida de Teponahuaxtla. En 1912 salió
el primer tren movido por el vapor de agua producido
con leña, de Mazatlán a Tepic pasando por lo que se
denominó Estación Morada.
Los moradenses que tuvieron la experiencia de ver
llegar a ese enorme monstruo arrastrándose como gusano
y echando humo como un chacuaco, quedaron impactados.
Boquiabiertos. Algunos se emocionaron hasta el punto
de soltar las lágrimas, mientras otros se hincaron
ante tal milagro.
El gusto de ver pasar el tren o viajar en él les duró
poco, porque fue destruido durante la Revolución
Mexicana. De 1915 a 1922 se interrumpió el servicio
entre Tepic y Mazatlán.
Los tambos
Estudiábamos en la Escuela Primaria Emiliano Zapata,
la única que existía en Rosamorada. Íbamos a clases en
la mañana y en la tarde.
Algunas veces los maestros nos llevaban a traer
tierra para el jardín y la hortaliza. En baldes
transportábamos la pesada carga.
Esa tarea nos entusiasmaba mucho. Atrás dejábamos las
labores cotridianas: las multiplicaciones, las restas,
las sumas, las divisiones; las lecturas en las que
bricaban como borbollones de agua los poemas de Amado
Nervo y Nellie Campobello.
Pero lo que más nos gustaba a todos los chiquillos
era ir de paseo a Los Tambos, lugar que se encontraba
a un kilómetro y medio de Rosamorada.
Allá había unos enormes depósitos, en donde el tren
tomaba el agua para seguir su marcha hacia el Norte o
hacia el Sur.
El sitio estaba lleno de palos de mango. Bajo su
sombra jugábamos y comíamos el lonche que nuestras
madres nos habían preparado en una madrugada salpicada
de alegría por la aproximación del paseo. Casi siempre
se trataba de unos ricos tacos de frijoles con
chorizo.
Los maestros nos decían, una y otra vez, que el
puente había que pasarlo con mucho cuidado. Que no
metiéramos los pies entre los durmientes… Y lo más
importante, ¡qué nos cuidáramos de que no viniera el
tren!
-¡En tren! ¡El tren! ¡Corran, cabrones, que ai viene
el tren!, gritó Juan.
Todos los chiquillos nos espantamos y corrimos como
alma que lleva el diablo para bajarnos del puente.
Pero dos muchachos no alcanzaron a salir de la parte
peligrosa. No sé quien les dijo, pero ellos se
acuclillaron en unas tablas pequeñas que había a los
lados del puente.
Pasó el tren. En medio de gritos de júbilo y de
lloriqueos, todos fuimos testigos de que esos dos
muchachos se habían escapado de la muerte.
El director dijo: "¡Jamás volveremos a traerlos a Los
Tambos! Nosotros agachamos la cabeza en señal de
desaprobación.
Al año siguiente fuimos a Los Tambos y comimos mangos
verdes con limón y chile…
¿Una res o un burro?
Cuando se oía que el tren pitaba con insistencia, en
Rosamorada sabíamos que el pesado gusano de acero
había matado a una res o a un burro.
Si era res, se corría la noticia como reguero de
pólvora. Algunas personas preparaban sus filosos
cuchillos para ir a traer carne. Como zopilotes, la
gente se arremolinaba alrededor de la res muerta. La
destazan con destreza y se repartían las partes del
animal.
-A mí déjame la chanfaina, me la encargó Chicha, dijo
Flaminio.
-Yo me voy a llevar el corazón y el hígado, replicó
"El Rico".
-Con un pedazo de paleta me conformo, expresó Canuto.
Y si de un burro -manadero o no- se trataba, el único
que se aparecía en los rieles del tren era su
apesadumbrado dueño.
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*Del libro "Crónicas y personajes nayaritas" de
inminente aparición publicado por el Consejo Estatal
para la Cultura y las Artes de Nayarit (CECAN), con el
apoyo de la beca de creador con trayectoria en
literatura del Fondo Estatal para la Cultura y las
Artes de Nayarit (FECAN).

De: Cesar Delgado Martinez